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  Una mañana fui a pasear al cementerio de Montparnasse. Me complacía caminar entre tanta gente ilustre. La temperatura, a pesar de estar a finales de noviembre, era bastante agradable y mi estado de calma se veía favorecido en aquel recinto ajeno, por su definición, al ritmo de la ciudad. Obviamente allí el tiempo, todos los tiempos, son otros.    

Me parece que fue al llegar a un cruce de avenidas, cerca de la tapia, cuando escuché una voz predominando sobre aquella jerarquía de silencio. A medida que caminaba me iba dando cuenta de que el volumen de las palabras, que podía oír pero no comprender, excedía bastante a lo que era razonable en ese contexto. Al principio, las lápidas y esculturas me impidieron ver a quién pertenecía la voz que a ratos se perdía y en otros momentos se elevaba súbita y exageradamente. Por fin localicé a un hombre de unos cincuenta años en quien probablemente no habría reparado si me hubiera cruzado en la calle. El pudor, y probablemente una cierta precaución ante la extravagancia de su comportamiento me mantuvieron más alejado de lo que mi curiosidad deseaba, pero fui capaz de descubrir que el hombre leía, o declamaba, un libro sobre la tumba de Charles Baudelaire. Por desgracia, mi conocimiento del idioma francés es escaso, así que no fui capaz de distinguir si lo que leía era algo relacionado con el reputado poeta o cualquier otra cosa. Su entonación era enfática, a ratos colérica. Estuve deambulando un buen rato por la zona y pude ver que en algunos momentos se sentaba sobre la sepultura y parecía relajado, incluso aburrido, mientras que luego caminaba alrededor del nicho con grandes zancadas, arengando al poeta con gestos y aspavientos. Por momentos, aquel hombre se desentendía del libro sin que se resintiese el caudal de su discurso ni se notase diferencia alguna con la entonación de lo leído. Pensé que tal vez había partes que sabía de memoria, y también que en realidad no estaba leyendo y todo era una especie de interpretación. Quizá era un enfermo, o alguien en crisis que se había pasado con la bebida, o un lector apasionado rindiendo homenaje a su escritor favorito, (esto nos habría igualado más de lo deseable pues yo mismo andaba en el intento de perderme para encontrar por azar la tumba de Julio Cortázar). En todo caso, su presencia me causó una ligera molestia que se acrecentó cuando reconocí en mí la sensación de incomodidad en una situación que en absoluto la exigía. Pensé que me disgustaba la discrepancia entre mi deseo de que detrás de su conducta hubiera un acto poético, y quizá literariamente aprovechable, y mi percepción intuitiva de que lo que en realidad había era un pobre loco.

He necesitado dos años para comprender, de manera repentina (así suceden estas cosas), que lo que en realidad me molestó fue la radical libertad que ese hombre tenía, y yo no, para poder dialogar cara a cara con el mismo Charles Baudelaire; para discutirle, para gritarle, para alabarle o para amarle, ajeno a la sensación de rezar en un templo deshabitado.



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Como el personaje de esta entrada, tampoco puedo hablar con Baudelaire. Quizá por eso, o por cualquier otra estúpida (o feliz) razón, creo que debo cerrar este blog (al menos en blogia). Sin duda me pondré a hacer alguna otra cosa guabisabi. 

Muchas gracias a todos vosotros, que lo leísteis.

Poema del amor a la distancia 
(o dioses que se encasillan en el dichoso temita de la tierra prometida)

Cuarenta peldaños
no como los cuarenta días y las cuarenta noches
de los desiertos insolentes
escalones
(un vacío cubierto de saltos)
de dos en
dos, fuegos
que reciben
mis ganas de estar vivo

Qué extraordinaria mutación genética

hizo nacer en tus ojos un fuego

que los seres humanos no dominan

y a mí me convierte en zarza que arde

24/03/2011 09:42 guabisabi Enlace permanente. Otros poemas No hay comentarios. Comentar.

cosas de pocos caracteres

Uvas que saben a champán
humedades que pudren mis paredes
y ni un gramo de moho en mis bodegas de sangre.

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Dijo que ahora eran mucho más frecuentes las lluvias de animales. Se encaramó a la valla, me miró de reojo, y se dejó caer sobre la autopista.

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Ella se fue, dejándome en la casa un olor permanente de desayuno, y algunos gatos que se asoman por ver si vuelve.

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Cruzaba. Casi me atropellas. Yo te he visto. Tú a mí no. No podría haber inventado una metáfora mejor de lo que fuimos.

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Epitafio del escritor frustrado: "como no destaqué por mis palabras en vida, tampoco lo haré ahora por mi silencio".

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En sitios insospechados encuentro tus prendas. Tal vez creías que podía olvidarte, qué despiste el tuyo.

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Si nada importa, porque todo es despreciable, hago una enmienda a la totalidad del mundo. Y sin embargo tus ojos se ríen de la nieve.

 

Las manos

Sólo puedo decirte
que ya entonces, se nos iba de las manos
mucho antes de los cafés acumulados
a tiempo
las retiramos
-llegábamos a un cruce-.

(Los bolsillos nos guardaron,
es que aún era temprano para primavera)

 

morirse de vida
es una burda manera
de decirse muchas veces
la misma mentira
soñar con inviernos
con olor a café y periódico
por la tarde
en pijama
podría ser
una fantastica aventura

(de pequeño mis sueños no eran tan grandes:

- ser famoso
- marcar un gol de tijereta en la final de la copa de europa
- ganar un festival musical en un país imaginario
- de viejo, hacerme inventor

si acaso

    salvar el mundo)

una fantástica aventura, decía
aburrirme
podría ser

aburrirme
contigo

nunca de ti

 

maneras de esperarte (o yo también sé traicionar a la rae)

se han gastado (?)
como las suelas de un transeúnte
deterioradas como los libros
que leo en los ratos sueltos
perdidas como las amapolas
de invierno
en algún recoveco del alma
empapadas de lluvia
agazapadas
soñando con ordenar el diccionario
en discurso mistérico
para mantener los hechizos
que conquisten tu sexo
multipliquen las sonrisas
y te mantengan, pegada,
necesitada
a esta imperfección
que suenen
(o sean en silencio)
que permanezcan siempre
dispuestas
a brotar en mis labios
(a fin de deseabilizarlos)
para tus besos

 

ii

aunque al fin y al cabo
las palabras
poco importan
si los pasos
en las calles
nos ponen uno al lado del uno

06/11/2010 17:39 guabisabi Enlace permanente. Otros poemas No hay comentarios. Comentar.

de ti

Yo confieso que me estoy volviendo conservador
-con lo que me gustaba probar la inconsistencia de los escaparates-.
Confieso preferir la mañana del domingo
a mezclarme en confusas manifestaciones
y hasta caigo en la tentación de usar gases lacrimógenos
(cuando tengo que sofocar las dudas).
En esta época en que las ideologías ya no existen
declaro necesitar derecha e izquierda
para calmar tus insurgencias
exaltando nuestro espíritu patriótico
con el centro, que gobierna todo.
Hoy en día enarbolo banderas al vítor de "para siempre"
y me yergo emocionado cuando suenan sus músicas
(reivindico palabras de los desfiles antiguos).
No me importa ceder un poco mis coherencias
si subvenciono tu corazón -ese sector tan rico-
o abro paréntesis con preceptos que contravienen al libre mercado
(en secreto planeo no cerrarlo nunca)
y si he de pedir perdón por estas faltas
que sea en la iglesia de mi Fe recuperada
donde visto de ritos nuestro amor
y cubro de ofrendas la inconsistencia
esta de existir 
que sin ti merece tan sólo
ser vivida en rebeldía.

16/10/2010 12:15 guabisabi Enlace permanente. Otros poemas No hay comentarios. Comentar.

(No son maneras. Actualizar un blog aparentemente abandonado con algo recuperado de un cuaderno antiguo. Pero quizá tirar piedras contra el tejado sea una manera de abrir hueco sobre el que edificar una nueva torre. Marfil abstenerse)

de una boca, un pecho, una mirada,...
pero hacer un poema de un tobillo
sí, resulta tal vez excesivo
pero entonces
¿cómo mirar esa manera de pivotar en el baile?
o de balancear un zapato suspendido en aire debajo de la silla
o de ponerse de puntillas para ver a tu cantante favorito pegando a mi nariz tu cabeza manchada de confetti
¿cómo observar todo esto?
y no decirlo
y no escribirlo en ningún lado.

algo como jazz

notas
hablan de la música de las oportunidades perdidas
de la hermosura y de la fealdad de la vida     (fea)
sientes
que te duelen los pies
un poco por caminar con el calzado inadecuado     (guapa)
yo me intento descalzar
y sin embargo me revisto del drama
tú buscas los tacones
con los que golpear escaparates;
hacia dónde me lleven
mis dedos, keith jarrett, o tu falda
en las mañanas de los días de después
es algo que no sabemos
y que tal vez
(de tanto)
no queramos saber

De entre toda la exposición, había un cuadro que llamó especialmente su atención.  "Lo más bonito del mundo" -decía el letrero. Y era un espejo.

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¿Y si jugamos al juego de las preguntas? Ella está tumbada boca abajo en la cama, jugueteando con los pies descalzos como si fuera la adolescente que ya no es desde hace más de diez años. ¿Qué dices? Él mueve una pieza de su ajedrez magnético. ¿Contra quién juegas? Ha tirado la revista al suelo y ahora se recuesta de lado, con la cabeza apoyada en la palma de la mano. ¿De verdad hace falta que te conteste? Él no levanta la mirada. Hace falta que le apunte un tanque para que levante la mirada.  ¿Qué me puedo poner esta noche? Se desabrocha un botón. Él gira el tablero con gesto pensativo, y no dice nada. ¿No es un poco tramposo mirar la jugada de tu contrincante? Él, ahora mira, algo despertó su interés. ¿No querrás que volvamos a cenar en ese restaurante tan patético? Ella se pone seria, se deja caer sobre la espalda y levanta los brazos como tratando de alejar sus manos y descubrir algo en ellas. ¿Te parece que esa es manera de hablarme? Él se levanta y entra en el cuarto de baño. Allí se gira. ¿Me visto entonces o qué? Ella sigue moviendo las manos, guiñando un ojo, buscando una perspectiva diferente. ¿De verdad piensas que me importa? ¿Que te importa el qué? Ella le parodia: ¿que me importa el qué?, ¿que me importa el qué?, ¿pero a ti qué te importa? Él dice algo, pero con el grifo abierto no se le escucha. Venga, va, ¿jugamos a las preguntas o qué?

Podría haber nacido Pizarnik
¿Por qué no?
Podría haber sido ella
Menuda, desgraciada, talentosa, mujer
En cambio soy otra cosa
que no sé definir. 

Una vez que me comunicaron la noticia liberé, sin comprobaciones ni remordimientos, todos los correos que había guardado durante años en la carpeta de borradores; retiré mi propuesta en firme de matrimonio evitando que fuese aceptada a destiempo; devolví golpe por golpe; y tiré mi teléfono al río, no sin antes sembrar la ciudad de mensajes rellenos de nitroglicerina (metafóricamente). El hecho de que los vaticinios aún no se hayan cumplido, no impiden que mi nueva vida en la isla desierta sea feliz. Marginado. Apartado. Lejos de tanta mierda. 

26/06/2010 12:49 guabisabi Enlace permanente. Cosas No hay comentarios. Comentar.

risas salpican la tarde
y lágrimas mezclan
en no sé qué arcilla
queda una noche limpia y descarada
con olor presagio
(sospecha de que algo está oculto o por suceder)
para qué saber una verdad
que todavía no existe
tus risas
cabalgan sobre lágrimas

ya es tarde

mezclado
todavía voluble

mojado
empapado.

Después de la catástrofe quedamos nosotros. El mundo ya no es el mundo, es otra cosa. Entonces recuerdo, una vez más, aquella tarde. Nunca volverás a mirarme con esos ojos.

02/06/2010 17:02 guabisabi Enlace permanente. Cosas No hay comentarios. Comentar.

dentro
algo que me distanciaba
una sombra, un tumulto silencioso
una razón para no soltarme
y aferrarme
a las sustancias, a los cheques, a las risas falsas
algo de mí
ahora
que se disuelve
para no existir
y para existir en todas las partes

01/06/2010 00:09 guabisabi Enlace permanente. Otros poemas No hay comentarios. Comentar.

Ha llegado el momento
de apurar una cerveza
(subir a un avión)
y con los labios mojados en vida
decirte
(sin aspavientos, desde la verdad absoluta)
es ahora, ¿me entiendes?
es ahora o nunca. 

El día que descubrí

que volvía a escuchar todas las canciones

repasando las palabras

buscando mensajes

que de ti me dijeran

tuve que aceptar

que había vuelto a profesar una Fe.

Todos me dijeron: "No vayas".

Pero fui.

Y entendí por qué me lo decían

pero también

lo que nunca ellos entenderían. 

- Es que somos todos unos jodidos egocéntricos. Pero es algo de la naturaleza humana. Somos el culo del mundo hasta para hablar de nuestro propio final. La extinción... Todas las pelis y los telediarios... La gente se cree que vamos a acabar con el mundo nosotros. Y a lo mejor sí, somos capaces, pero lo más normal es que pase algo en el sol, o un meteorito... Cuestión de probabilidad. Un día el sol hace una mala combustión como las calderas viejas que de vez en cuando salen en las noticias, y en ocho minutos ni nos hemos enterado. Secos nos quedamos, sin darnos ni cuenta. El final de la raza humana en décimas de segundo. Con lo importantes que nos creíamos...
De pie, en la terraza, con un licor en la mano. Juan estaba ya bastante borracho, lo que por otro lado le hacía decir algunas cosas interesantes (no todas). La noche era de lo más agradable. Las chicas llevaban ya un buen rato dentro, me parece que viendo algunas fotos. De vez en cuando se asomaban y Julia ridiculizaba las peroratas de Juan en una de esos juegos conyugales de dejarse en evidencia cariñosamente delante de las visitas. A Elena la había visto por primera vez en la cena. Ella y Julia trabajaban juntas, y según parece, se unió a la invitación en el último momento. La conversación y el vino habían fluido desde los primeros minutos sin disimulo y los cuatro estábamos de un estupendo humor.
Y a las tres de la madrugada Julia le dice a Juan que ya vale de filosofías baratas, y que hay que pasar a la praxis, en el dormitorio. Y que esta gente necesita descansar...sobre todo los oídos. Y además no está nada mal que se queden un rato más a solas, porque tiene mucha curiosidad por saber si las señales que ha captado, pueden convertirse, en este u otro momento, en algo más (ella también ha bebido más de la cuenta,). Y un poco avergonzados (pero muy poco) reímos, y Juan me da su vaso; y como buen anfitrión se despide ceremonialmente con que nos quedemos cuanto queramos, y acabemos su interrumpida misión de lograr vaciar la botella.
En un poema habría que decir algo del licor, la brisa y la noche. Conversación tranquila, susurros casi y miradas al horizonte. En un momento dado, escuchamos un sonido rítmico que proviene del interior de la casa. Nos sonreímos cómplices. Yo bromeo señalando la botella y diciendo que seguramente yo habría apostado en su contra. Elena hace desaparecer su sonrisa muy lentamente mientras mira hacia algún lugar de la parte donde no hay edificios. La observo y me pregunto si podría enamorarme de ella. No le dedico demasiado tiempo a ese pensamiento. Ya sé la respuesta.



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